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Militar admitió asesinatos de civiles en Casanare: lo que llamaron combate era mentira

Audiencia de la JEP en Yopal sobre falsos positivos en Casanare

No fue una audiencia más.

Fue un espacio donde el silencio de años se rompió, donde las cifras dejaron de ser números y volvieron a ser rostros, familias, historias truncadas.

En Yopal, esta semana, más de 70 familiares de víctimas se sentaron frente a un hombre que durante años negó lo ocurrido. Un excomandante del Ejército que ahora, ante ellos, dijo algo que durante dos décadas no había dicho: que era responsable.

Pero no fue un reconocimiento cualquiera. Fue tardío. Llegó cuando el camino judicial ya lo acercaba a una condena sin beneficios.

No eran bajas en combate

Entre diciembre de 2005 y noviembre de 2006, en Casanare se ejecutó un patrón sistemático: civiles engañados, señalados falsamente y asesinados para ser presentados como “bajas en combate”.

No fue error.
No fue exceso.
Fue un método.

La investigación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) ha documentado este engranaje como parte de un patrón macrocriminal que, en el país, dejó miles de víctimas. En este caso, al menos 30 crímenes fueron atribuidos directamente al excomandante del Batallón Ramón Nonato Pérez.

La disputa por la verdad

Hoy, mientras estas audiencias avanzan, hay sectores que insisten en negar lo ocurrido.

Hablan de cifras infladas.
De persecución contra militares.
De versiones exageradas del conflicto.

Pero lo que ocurre en escenarios como el de Yopal no es una opinión.

Es el resultado de años de investigación judicial, contraste de pruebas, testimonios de víctimas y, ahora, confesiones de quienes participaron en los hechos.

Cada audiencia desmonta una versión que durante años buscó instalarse: que estas muertes eran producto de combates.

No lo eran.

Y hoy, son los propios responsables quienes empiezan a decirlo.

El momento en que la verdad se vuelve inevitable

Durante la audiencia, el teniente coronel (r) Germán Alberto León Durán no solo aceptó su responsabilidad. También describió lo que vio cuando, por primera vez, escuchó a las víctimas.

“Hogares que destruí”, dijo.

Había visto hijos sin padres, madres sin hijos, familias enteras marcadas por una historia que durante años fue negada o distorsionada por el mismo Estado que debía protegerlas.

Pero la pregunta que flotaba en el ambiente era inevitable:
¿por qué ahora?

El reconocimiento llegó después de haber negado los hechos y cuando su proceso ya avanzaba hacia una etapa adversarial en la justicia transicional.

Es lo que la JEP denomina reconocimiento tardío: una admisión que, aunque permite acceder a sanciones alternativas, no borra el peso de años de silencio.

Las víctimas hablan, el país escucha

Uno a uno, los familiares tomaron la palabra.

No para vengarse.
Para reclamar lo mínimo: verdad.

“Mi mamá murió esperando que se supiera que yo no era guerrillero”, dijo un sobreviviente.

Otro familiar habló por su tío: “Lo silenciaron dos veces: primero con las balas y luego con la estigmatización”.

Una hija pidió lo que parece simple, pero en Colombia no lo es:
“Quiero encontrar a mi papá”.

Porque en muchos casos ni siquiera hay un cuerpo. Solo ausencia.

La justicia que no llegó… y la que sí

Durante años, estos crímenes avanzaron lentamente en la justicia ordinaria, atrapados entre trámites, silencios institucionales y falta de resultados.

Hoy, es la JEP la que ha logrado sentar a los responsables frente a las víctimas, obligándolos a escuchar, a reconocer, a nombrar.

Sin este modelo de justicia transicional, muchos de estos casos seguirían en la sombra.

Aquí, en cambio, la verdad se convierte en requisito, no en opción.

Lo que sigue

El reconocimiento no cierra la historia.

La JEP deberá emitir una sentencia que podría imponer una sanción de entre 5 y 8 años de privación de la libertad, acompañada de medidas restaurativas.

Pero para las víctimas, el tiempo no se mide en años de condena.

Se mide en lo que aún falta:

– Encontrar a los desaparecidos
– Limpiar los nombres
– Garantizar que no vuelva a pasar

Lo que queda después de la audiencia

Al final, no hubo aplausos.

Hubo silencio.

Un silencio distinto al de antes: no el de la negación, sino el de una verdad que empieza a abrirse paso, aunque llegue tarde.

Porque en Yopal no solo se escuchó una confesión.

Se escuchó algo más difícil:

Que durante años, en nombre de una guerra, se mató a inocentes…
y se les llamó enemigos.

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